A PUNTO DE SALIR A LA CALLE...
...y ha dejado de llover. Tom Waits canta "Diamonds On My Windshield", sin embargo.
...y ha dejado de llover. Tom Waits canta "Diamonds On My Windshield", sin embargo.
Si bien el castigo corporal no es recomendable dentro de las políticas modernas de educación, y hay métodos más humanos de aplicar una justa reprimenda a los niños vagos y recalcitrantes, una buena fusta -colgada sobre la puerta de la casa- puede disuadir a testigos de Jehová y otros moscardones de pulsar el timbre y alejar de nosotros estos malos pensamientos.
Las personas que viajan en los metros de las grandes ciudades del mundo -sobre todo si son respetables- no deben coadyuvar a los que extienden su mano en busca de unas monedas. No importa si a cambio les están ofreciendo los primeros compases del Adagio de Albinoni o la insistente melodía de una conocida serie de dibujos animados.
El transeúnte volverá la mirada hacia otra parte y hará caso omiso al compañero del pedigüeño que insiste en cobrar su recompensa. Si no hay otra posibilidad más que la del puñetazo, aplicando la inquina del que se dispone a despedazar una mosca, no se vacilará en despedir de semejante manera al intruso de nuestra intimidad ambulante.
Se quejan mis amigos, y con razón, de que ya no me prodigo, concretamente desde julio, y tienen más valga la redudancia que un santo, sí, señor. Por eso, les escribo estas líneas para decirles que sigo aquí y que me prodigaré en breve, y además largamente. Ya sueño con la vida contemplativa que sobreviene a la holganza no remunerada. Seguro que no será por mucho tiempo, pero, en fin... Por otra parte, acabo de terminar Les particules élémentaires, de Houellebecq, y todavía no salgo de mi asombro. Desde La conjura de los necios no había leído un libro tan influyente. Estamos, como en el libro de John Kennedy Toole, ante una radiografía cruel, pero veraz, de la infelicidad y los males de la sociedad occidental contemporánea. La radical originalidad de Houellebecq reside en que convierte en utopía alcanzable y deseable la distopía planteada por Huxley en Un mundo feliz. El hombre alumbra un nuevo hombre, más perfecto y feliz que el creado por Dios, si hemos de hablar en términos bíblicos o mitológicos. Houellebecq nos presenta un cuadro de seres de mediana edad, incapaces de amar, asediados por la muerte y las enfermedades, y a los que el hedonismo libertario heredado de los grandes prebostes del 68 sólo les sirve para entrar en un camino de degradación y descomposición que les llevará al suicidio o la locura. Estamos también ante una crítica del pensamiento materialista defendido por los últimos filósofos franceses, todos suicidas, como una respuesta casi lógica a una sociedad donde la juventud es el único valor seguro para la supervivencia más allá del desencanto.
En los autobuses, la mayoría de los viajeros, enfermos de froterismo, aplican no sólo la axila a las narices de las jovencitas, sino también el fardo hediondo y desproporcionado de su condición de hombres.
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